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José Joaquín Barco. El Padre del Alma Salamineña

Por: Leonardo Gutiérrez Duque. Odontólogo

El bicentenario es el norte que desde este momento marca la brújula de la Salamina contemporánea y para encontrar sentido a dicho evento es de vital importancia que la historia se haga presente en todos los lugares, espacios y acontecimientos que han dado forma y renombre a esta “Tierrabuena”.

La mejor manera de acercarnos a nuestra historia es rescatando la memoria de los personajes que han hecho de Salamina uno de los referentes arquitectónicos, patrimoniales y culturales más importantes de la región y el país; hombres que dejaron una impronta en la sociedad de sus años y en el recuerdo de las generaciones posteriores.

El Padre José Joaquín Barco Angel es el personaje más atrayente y admirado de la Salamina de finales del siglo XIX y principios del XX; es justo y necesario hacer la remembranza del hombre que le dio la fisionomía espiritual a Salamina, la moldeó a su imagen y semejanza interviniendo en los más diversos aspectos del desarrollo social de la época. Su égida inspira en aquella Salamina el levantamiento de una estética arquitectónica que se sostiene a través del tiempo y que hoy hace de esta ciudad uno de los pueblos patrimoniales mejor conservados del país.

Nacido en Rionegro, Antioquia el 20 de septiembre de 1852, es nombrado cura excusador de Salamina por decreto, el 9 de enero de 1881 luego del retiro del cura propio de la población, presbítero Simón de Jesús Herrera; llega con 28 años de edad. Rige su curato durante una época que denomina el Pbro. Guilllermo Duque Botero la “edad de oro” de Salamina caracterizada por hechos muy notables en la historia de la ciudad, a saber: la introducción de la imprenta, la fundación de la Tertulia Literaria a la cual estuvo estrechamente vinculado; en 1897 ocurre la fundación del Banco de Salamina, con capital y accionistas salamineños; es instalada la hermosa pila, traída de Francia que para entonces constituía el más bello adorno de la plaza principal; surge una generación de prestigiosos ciudadanos al servicio de la comunidad desde las más importantes profesiones que alternaban con la figura del padre Barco desde la más respetuosa pluralidad ideológica. En su actividad pastoral fue quien dedicó el patronato de la parroquia a la Inmaculada Concepción, cuya fiesta impulsó desde su llegada a la población; fundó la Junta de Obreros pro-inmaculada como una forma evangelizadora de llegar al artesano, conocer sus necesidades y remediarlas, fue un adelantado en aquello de la doctrina social de la Iglesia que no es otra cosa que echarse en sus hombros los problemas sociales de las gentes para buscarles solución a la luz del evangelio.

A su llegada a Salamina eran muy pocos los avances en la construcción del nuevo templo iniciado en 1865; durante su gobierno se construyó la torre siguiendo los planos originales del arquitecto William Martin, la decoración adelantada en consorcio con el Maestro Eliseo Tangarife, el sonoro reloj de construcción suiza de tres caras y el moderno y majestuoso órgano; obra finalmente coronada con el Sagrario en mármol de carrara.

La Sociedad San Vicente de Paúl fundada en noviembre de 1885 representa en el ejercicio pastoral del Padre Barco la síntesis de su sensibilidad social; logra reunir a 153 contribuyentes – los principales vecinos de la ciudad – para elogiar la virtud de la caridad, una obra sostenida hoy para techo de los más necesitados y que en sus orígenes contemplaba una escuela industrial, escuela vocacional, escuela primaria y colegio de bachillerato técnico.

Otro de los hitos que ilumina el ministerio del Padre Barco es la llegada de la comunidad de las Hermanas Dominicas de La Presentación, hecho que tuvo lugar el 13 de abril de 1893, congregación que durante más de 100 años se dedicó a la educación de generaciones de salamineñas.

El cementerio fue otra de sus obras al cual dedicó buena parte de su sensibilidad e inteligencia y en consorcio con el Maestro Eliseo Tangarife es coronado con la simétrica capilla con torre cúpula en el centro, en forma de cruz de Malta, 52 ventanas, un altar en fina madera en forma sepulcral ubicado en el centro del espacio interior.

El 12 de diciembre de 1912 muere el Padre José Joaquín Barco a la edad de 60 años en la casa solariega de Don Julio Isaza y su esposa Pastorita Sánchez (abuelos paternos de Monseñor Carlos Isaza Mejía) situada en la esquina noreste de la Plaza Principal – calle cuarta con carrera séptima. – en cuyas paredes se encuentra una placa conmemorativa que recuerda el suceso colocada allí en 1962 con motivo del quincuagésimo aniversario de su fallecimiento. En aquella casa – en palabras del Dr. Rodrigo Jiménez Mejía plasmadas en su libro “Tierrabuena” – termina “la vida mortal de quien fue el modelador espiritual de todo un pueblo, sin exceptuar persona alguna: de viejos y niños, de ricos y pobres, de nobles y plebeyos, de liberales y conservadores, de creyentes y descreídos, de hombres y mujeres. Para todos era el supremo guía y consejero, el mejor amigo, el más santo y más sabio ciudadano de la aldea.”

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La construcción de civilidad es una tarea en la que la sociedad salamineña no debe desfallecer; reconocer nuestra historia, narrarla con pretensión de verdad, reconocerla, apropiársela a las nuevas generaciones es un imperativo cultural y patrimonial hoy, precisamente hoy cuando el estudio y el conocimiento de la historia es reemplazado por esnobismos no pocas veces ridículos e intrascendentes.

En el 2022 se cumplen 110 años de la muerte del Padre José Joaquín Barco; sin duda es una buena oportunidad para recordar nuestra historia a través de los monumentos que exaltan su memoria y que se aprecian en notable abandono: el mausoleo con el busto donde reposan sus restos en el cementerio, inaugurado 5 años después de su muerte con leyendas en mármol ya borradas y en cuya base reposan casi ignorados también los restos de Daniel Echeverri Jaramillo, y la bella y altiva estatua que se yergue sobre imponente pedestal en el parque principal al frente del templo, solemnemente entronizado en 1953 por Monseñor Carlos Isaza Mejía con motivo del centenario de su natalicio. Bien vale la pena restaurar dichas obra y de esa manera contar nuestra historia a propios y visitantes. Invito a la alcaldía municipal, a la parroquia, a la Casa de la Cultura y a todas las fuerzas cívicas culturales de Salamina para que restauremos y embellezcamos este mobiliario como una forma de resaltar nuestra identidad y nuestro patrimonio.

El padre Barco, un personaje de nuestra historia que no debemos olvidar.

 

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